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Publicada el lunes, 5 de octubre de 2026 | Actualizada el lunes, 5 de octubre de 2026

Global | Los engranajes del escenario

La economía global enfrenta un panorama complejo. Los tres eventos recientes más destacados que afectan a la actividad son el aumento de tensiones geopolíticas, el giro hawkish de Fed y BCE y el aumento de los tipos de interés a largo plazo. La inversión privada, impulsada por IA, y el gasto fiscal mantienen el crecimiento.

Puntos clave

  • Puntos clave:
  • Los conflictos geopolíticos han impulsado el precio del crudo Brent por encima de los 100 dólares/barril, acelerando la inflación por encima del 3% en Europa y EE. UU.
  • La Fed y el BCE han endurecido sus discursos y materializado subidas de tipos de interés en septiembre, mientras los mercados anticipan movimientos adicionales.
  • Se ha producido un fuerte aumento en los tipos de interés a largo plazo de la deuda soberana, explicado más por la fortaleza de la inversión privada y el giro de los bancos centrales que por las expectativas de inflación.
  • La inversión en IA es un factor clave del crecimiento en EE. UU., mientras que Europa se beneficia del mayor gasto en defensa e infraestructuras, reflejado en la mejora de los indicadores PMI del tercer trimestre.
  • El equilibrio es precario, con riesgos como la evolución del conflicto en Oriente Medio, la seguridad europea frente a Rusia y la sostenibilidad de las deudas públicas ante una posible relajación fiscal.

Las perspectivas de la economía global volverán a examen dentro de dos semanas en las reuniones del FMI y la publicación de las nuevas previsiones macroeconómicas. Respecto a las de julio es probable que no haya cambios sustanciales en el crecimiento de las principales economías del mundo, más allá de algunos ajustes derivados de la evolución reciente de la actividad, que al menos en Europa está sorprendiendo al alza. Pero que el crecimiento global siga siendo relativamente robusto no significa que las cosas no se estén moviendo; al contrario, lo están haciendo, y mucho. Durante el verano se han producido bastantes acontecimientos en la geopolítica, la economía global y los mercados financieros. Al menos tres merecen especial atención.

El primero es que la tregua temporal entre Estados Unidos e Irán expiró a mediados de agosto sin acuerdo. El estrecho de Ormuz permanece en buena parte cerrado y no hay visos de una resolución del conflicto, al menos antes de las elecciones estadounidenses: el precio del crudo ha sufrido fuertes oscilaciones, alrededor y por encima de los 100 dólares por barril de Brent. La extensión del conflicto al Mar Rojo y el recrudecimiento de la guerra entre Rusia y Ucrania han añadido presión sobre los precios de los hidrocarburos. Este encarecimiento ha vuelto a acelerar la inflación, que se sitúa por encima del 3% en Europa y Estados Unidos. Aunque por ahora el impacto sobre la inflación subyacente ha sido limitado, los riesgos están claramente sesgados al alza.

Y estos nos llevan al segundo evento del verano: la reacción de los bancos centrales. Tanto la Fed como el BCE han endurecido su discurso. Primero lo hizo Kevin Warsh en Jackson Hole, mostrando una posición claramente más hawkish, y posteriormente varios miembros del BCE. El giro retórico se materializó en septiembre en sendas subidas de tipos de interés, mientras los mercados descuentan movimientos adicionales durante los próximos trimestres.

El tercer hito se ha producido en los mercados financieros y es más difícil de interpretar, dada la multitud de factores que pueden estar detrás: el fuerte aumento de los tipos de interés a largo plazo de la deuda soberana, que ha provocado una reacción del Tesoro estadounidense para intentar contenerlo, hasta ahora sin demasiado éxito. La intervención vino precedida por el apoyo de Estados Unidos a Japón para sostener su tipo de cambio, en un movimiento ampliamente interpretado como un ejercicio de autoayuda enfocado a evitar las ventas de bonos estadounidenses desde Japón. Las explicaciones de este aumento de los tipos largos probablemente tengan más que ver con la fortaleza de la inversión privada y con el giro de los bancos centrales que con las expectativas de inflación a largo plazo, que apenas han variado, o con los —por otra parte evidentes— riesgos fiscales.

Y es precisamente la pujanza de la inversión privada la que explica que, pese a la acumulación de noticias negativas, las perspectivas de crecimiento global se mantengan relativamente sólidas. La inversión en IA explica una parte importante del crecimiento estadounidense, pero también encontramos señales de fortaleza del sector en las exportaciones mundiales, especialmente desde Asia, y en algunos indicadores europeos. Europa recibe, además, el impulso del mayor gasto en defensa e infraestructuras, y de otras medidas de apoyo fiscal para amortiguar problemas de corto plazo —como el shock energético—. Todo ello continúa reflejándose en los indicadores PMI del tercer trimestre, que han ganado dinamismo.

Este equilibrio entre factores negativos y fortaleza de la IA y el gasto fiscal es precario, y está sometido a una panoplia de riesgos, reflejo de la inestabilidad política y geopolítica a nivel global. La evolución del conflicto en Oriente Medio es muy difícil de anticipar: las subidas no lineales de precios de la energía no son descartables si las reservas empiezan a escasear. El ruido respecto a la seguridad europea frente a Rusia añade otra capa de incertidumbre. Los riesgos sobre la sostenibilidad de las deudas públicas ante la relajación fiscal podrían reforzar la reciente subida de tipos largos. Y también la IA, cuyas promesas de aumentos de productividad sostienen buena parte del optimismo inversor, está sometida a riesgos, especialmente de valoración.

Será interesante ver cómo interpreta el FMI los engranajes de un panorama tan complejo.

Artículo de prensa. Publicado en Expansión el 2 de octubre de 2026.  

Autores

Miguel Jiménez
Miguel Jiménez Economista líder de Economía global
BBVA Research
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